Envíos a toda la República.

Reseña

Crónica de una tragedia

Autor: José Manuel Prieto González

Crónica de una tragedia

José Manuel Prieto González, historiador español y catedrático de la Facultad de Arquitectura de la UANL, publicó el libro ‘Cuando el concreto mata’, investigación sobre lo ocurrido el 28 de diciembre de 1944, cuando 18 personas murieron al desplomarse la bóveda del Templo de Cristo Rey

Daniel Santiago

Vida, El Norte, 10 de mayo de 2026

Cuando el concreto mata, publicado recientemente por el Fondo Editorial Nuevo León, es un libro en el que el historiador José Manuel Prieto González rescata del olvido una tragedia que el 28 de diciembre de 1944 cimbró a un Monterrey que se expandía y que, con sus construcciones, se asomaba a la modernidad.
El accidente ocurrió en vísperas de un Año Nuevo. Eran casi las 21:00 horas y los trabajadores ya habían terminado su jornada en las obras de lo que hoy es la iglesia de Cristo Rey, sobre la céntrica calle Villagrán, entre Reforma y Calzada Madero.
Quien dirigía la obra, el ingeniero Juan Doria Paz, pidió subir a la cubierta de la nave central para revisar el vaciado de concreto en la parte oriente del templo. Una falla en la cimbra hizo que la estructura se desplomara con los albañiles, el ingeniero y el concreto fresco.
El saldo: 18 hombres muertos, sepultados en una gran montaña de escombros.
“Cuando se habla de accidentes laborales en la ciudad siempre se pone como referente el de Fundidora en el año 71, cuando murieron 17 obreros al caerles una olla de arrabio (hierro fundido)”, comenta Prieto González en entrevista en el atrio de Cristo Rey.
“Y no, en rigor, si habláramos de todo el siglo 20 en ese sentido, el peor accidente laboral fue el que ocurrió aquí (en Cristo Rey). Fallecieron 18”.
El libro es resultado de una investigación en el Archivo Histórico del Estado y en crónicas periodísticas, además de algunas entrevistas.
Prieto González encontró expedientes, peritajes y evidencias de las complicadas gestiones para la indemnización de los familiares, cuyo asunto llegó en aquel tiempo a la Suprema Corte de Justicia. En los peritajes, cuenta, se comprobó que en la cimbra había maderos de casi 3 metros y medio colocados uno sobre otro, pero sin un contraventeo, es decir, sin el aseguramiento diagonal de la estructura para dar estabilidad a las obras.
“Aquel día (jueves) ya iban de salida”, relata el autor, doctor en Geografía e Historia por la Universidad Complutense de Madrid. “El derrumbe fue a las 20:45. Y la retirada de cadáveres y escombros acabó el viernes a las 5 de la tarde, cuando el cemento estaba en proceso avanzado de fraguado”.
Los periódicos documentaron la tragedia por varios días: el horror de la montaña de escombros, las crisis nerviosas de los familiares, el doloroso hallazgo de cuerpos petrificados y el rescate en el que tuvo que intervenir el Ejército Mexicano.
“El general Eulogio Ortiz era el que estaba al mando de la zona militar, había participado en la Revolución, tenía cierto compromiso social”, cuenta Prieto González.
“Y él fue quien vino con 100 soldados a desescombrar”.

DE ESTILO FRANCÉS
Prieto González es profesor de historia del arte y de la arquitectura en la Facultad de Arquitectura de la UANL.
De origen español, llegó a Monterrey en 2003. Un día de aquellos primeros años, en su necesidad por conocer la ciudad en la que se había asentado, caminaba por la Calzada Madero cuando le llamó poderosamente la atención la arquitectura de Cristo Rey.
El campanario le recordó el estilo de Auguste Perret, pionero del movimiento moderno francés y maestro de Le Corbusier.
Poco a poco profundizó en la historia de la arquitectura de este y de otros templos contemporáneos, como la Basílica de La Purísima, cuya construcción comenzó casi a la par de Cristo Rey.
Fue tal vez una charla con el párroco Jesús Alberto Martínez Banda (fallecido en 2011) en la que escuchó por primera vez acerca de la tragedia ocurrida ahí.
En sus indagaciones sobre aquel acontecimiento, acudió al Archivo General del Estado y sostuvo valiosas charlas, entre ellas, con Idolisa Doria, una de las hijas del ingeniero Doria Paz y de Idolisa Salazar.
“Recuerdo que me impresionó que Idolisa me dijo: ‘En las circunstancias en las que se produjo ese accidente, lo que le pasó a mi padre fue lo mejor que le pudo haber pasado’.
“’¿Te imaginas que él hubiera sobrevivido y haber tenido que llevar en sus espaldas la carga de la muerte de 17 de sus obreros? Con lo que él quería a sus obreros’”.
Los fallecidos fueron, además de Doria, Andrés Herrera, Dolores Ortiz, Donaciano Martínez, Eleuterio Almaraz, Fortunato Sandoval, Hipólito Balderas, José Ángel Villegas, José Isabel Medina y Juan Domínguez.
También Juan Rodríguez, Lorenzo González, Miguel Guerra, Narciso García, Ramón Coronado, Teodoro Torres, Valentín Elías y Víctor Flores.
A las familias de las víctimas se les acabó pagando su indemnización, cuenta este historiador. Sin embargo, no fue sencillo.
“Doria Paz había contratado un seguro de riesgos profesionales, pero lo contrató exactamente por nueve meses, del 20 de marzo al 20 de diciembre, y no lo renovó”.
El accidente fue el 28 de diciembre.
“Encontré la póliza de seguro y es inequívoca”.

‘DAÑOS COLATERALES’
La tragedia no solo impactó la vida de estas familias, sino la de una ciudad con lo que Prieto González llama “daños colaterales”. El pánico rodeó las construcciones.
Y es que, de manera simultánea, se construía la Basílica de La Purísima, cuenta el historiador. Ahí, durante varios días, los trabajadores se negaron a continuar debido a lo ocurrido en Cristo Rey. Tuvo que dialogar con ellos el entonces arzobispo Guillermo Tritschler y Córdova.
En la plaza de toros El Coliseo, sobre lo que hoy es la Avenida Cuauhtémoc, tras la tragedia comenzó a circular la información de que la estructura y los graderíos de concreto habían sido diseñados por el mismo arquitecto original de Cristo Rey, Eduardo Belden (quien después fue relevado por Federico Mariscal).
“Lo que pasó en Cristo Rey fue tan fuerte que surgieron algunas voces interesadas en difundir la idea, con poco fundamento, de que las vidas de quienes iban a los toros estaban en riesgo porque los graderíos y la estructura podían colapsar”, relata el historiador.

LA CONSAGRACIÓN
Los trabajos se reanudaron unos meses después de la tragedia y el templo de Cristo Rey fue consagrado en octubre de 1948 por el arzobispo Tritschler. En su fachada se conserva la placa de esa ocasión, en la que se agradece a los hermanos Ignacio, Manuel y Alberto Santos como benefactores.
Hoy sigue en pie como una iglesia discreta, distinguida por su fachada de ladrillo y un campanario central piramidal. Es una de las 42 edificaciones de Nuevo León dentro del Catálogo Nacional de Monumentos Históricos Inmuebles del INAH.
“Una construcción bastante avanzada para la época”, describe el sitio de la dependencia federal.
Su entorno de caos urbano, ambulantes, cantinas y trabajo sexual es reflejo de un deterioro social que también pudo haber contribuido a sepultar aquella tragedia, supone Prieto González. Abiertas a lo largo del día, sus puertas reciben a muchos fieles que van de paso. A unas cuadras está la Central de Autobuses.
“Dios se encuentra en todas partes”, dijo Luis Alejandro, un músico callejero que a diario, antes de subirse a los camiones para ganar unas monedas, pasa a esta iglesia para tomar fuerza, “pero en este templo encuentras paz”.

APORTACIÓN
El libro Cuando el concreto mata busca rescatar no solo el relato de una tragedia en la historia de la arquitectura religiosa regiomontana, sino un acontecimiento que debe ser analizado por su contexto social de la primera mitad del siglo 20.
También pone sobre la mesa la prevención de accidentes de este tipo que, según un ingeniero civil consultado para su investigación, aún ocurren.
“Siempre se le da más importancia a la estructura de los edificios que al encimbrado, que, al fin y al cabo, es como una arquitectura efímera”, contó el autor.
“Sigues encontrando información reciente de estos accidentes, donde hay gente que muere”.
La obra impresa puede adquirirse en el sitio fondoeditorialnl.gob.mx.
El libro abre con un homenaje a las 18 víctimas del derrumbe. El historiador ofrece su correo electrónico para que los descendientes puedan contactarlo y él pueda regalarles una copia: jmpg71@hotmail.com.

Consulta el PDF de la nota aquí.